¿Cuáles son los riesgos de una elevada deuda pública?

Realidades.- La crisis del coronavirus y las tasas de interés negativas han disparado la deuda pública. Nadie sabe cuándo el endeudamiento es demasiado elevado para un Estado. Lo que sí se sabe es que las consecuencias de una crisis de deuda soberana son devastadoras.

La situación puede cambiar de un momento a otro. A principios de los años 2000, el Estado griego pagaba menos del 5% de interés sobre su deuda pública. Un monto insignificante para un país que a menudo había incumplido. Era casi como si el ministro griego de Finanzas viviera en el país de las maravillas fiscales. Pero, de repente, la situación dio un vuelco.

En 2009 comenzaron a correr rumores de estadísticas maquilladas, corrupción y mala gestión. Los bancos internacionales empezaron a dudar de la capacidad de Grecia para honrar su deuda. El acceso a recursos frescos se pagaba a precio de oro. Las tasas de interés se dispararon hasta el 30%.

Lo preocupante fue que los mercados financieros no dieron ninguna señal de alarma.

La crisis surge de la nada

Al igual que en Grecia entonces, en Suiza no hay indicios de que el país esté en riesgo de incumplir con su deuda soberana. Por este motivo, la diputada socialista y miembro de la Comisión de Finanzas de la cámara baja, Céline Widmer, o el profesor de economía Lorenz Kueng, entre otros, piden al Gobierno que distribuya dinero con más generosidad.

Esto permitiría salvar a los pequeños teatros, estudios de yoga o gimnasios que se han visto obligados a echar el cierre. Y además saldría gratis, porque debido a las tasas de interés negativas no hay que reembolsar la deuda pública. Es decir, Suiza podría emerger fácilmente del endeudamiento.

Sin embargo, esto solo funciona si todo sale bien. Y no hay garantía de que así sea.

Al estallar la crisis de la deuda en 2009, la deuda pública de Grecia representaba el 127% del PIB, según el Fondo Monetario Internacional (FMI). Suiza está muy lejos de ese nivel. Actualmente, el nivel de endeudamiento ronda el 49% del PIB.

Ahora bien, esto no es una garantía de seguridad, pues las crisis de la deuda surgen de la nada. Así lo demuestra una investigación del economista de la Reserva Federal de Estados Unidos, Juan Pablo Nicolini. Cuando se cobra consciencia de que se ha tensado demasiado la cuerda, el sistema se desmorona como un castillo de naipes.

Dónde está el riesgo

La explicación es simple. Para pagar su deuda, los Estados contraen nuevas deudas. La Confederación tiene que allegarse más de 40 000 millones de francos en los próximos diez años.

Actualmente, esto es un buen negocio. Para saldar las deudas que están a punto de vencer, el ministro suizo de Finanzas Ueli Maurer puede contraer nuevas deudas a tasas de interés más ventajosas. Además, podría cerrar el déficit de 2021, derivado de la COVID-19 y estimado en aproximadamente 15 000 millones de francos suizos, a un costo extremadamente bajo.

Sin embargo, si los acreedores perdieran la confianza en la solvencia de Suiza, las tasas de interés subirían. Quizá solo un poco – o tal vez mucho.

En este caso habría tres opciones.

La primera: apretarse el cinturón. La ministra de Defensa Viola Amherd podría suspender la adquisición de aviones de combate. Así, el ministro de Finanzas podría reembolsar la deuda con el dinero de los contribuyentes y no tendría que contraer nuevas deudas a tasas de interés elevadas.

El peor escenario: la quiebra de los bancos

Pero esto podría sumir a la economía en una crisis. En Grecia, más de un millón de personas se quedaron sin empleo en la década de 2010 debido a la política de austeridad del gobierno. Los ciudadanos vieron no solo cómo desaparecían sus medios de vida, sino también cómo la capacidad productiva del país iba a la deriva.

La segunda opción: un Estado puede suspender el reembolso de su deuda, como hizo Argentina el año pasado. Pero esta manera de evadir responsabilidades es arriesgada, porque causa grandes pérdidas a los bancos. Y si quiebran los bancos, se paraliza la economía.

La estrategia más arriesgada

La tercera opción: el banco central amortiza la deuda estatal imprimiendo dinero, como hizo Alemania en 1923. Pero con esta estrategia el Reichsmark (moneda oficial entre 1924 y 1948) perdió todo su valor en pocos meses. Y la hiperinflación destruyó el dinero con tanto esfuerzo.

Por eso, en muchos países no se puede recurrir al banco central para saldar la deuda soberana. Pero la frontera entre lo que está prohibido y lo que está permitido aún es objeto de debate.

El ejemplo que mejor lo ilustra es el del Banco Central Europeo (BCE). En el apogeo de la crisis de la deuda, su entonces presidente Mario Draghi se comprometió a comprar bonos gubernamentales ilimitados si era necesario.

Con este anuncio, el BCE se comprometió a asumir el riesgo de pérdidas en las que pudieran incurrir los bonos de Estado emitidos por Grecia. Esto devolvió la confianza a los inversores e hizo que las tasas de interés bajaran. Así, Mario Draghi logró poner fin a la crisis de la deuda soberana con solo expresar una frase.

Imprimir papel moneda no es una buena solución

Pero el riesgo era enorme. En el peor de los escenarios, para cumplir su promesa, el BCE habría tenido que imprimir euros ilimitadamente, abriendo la puerta a una inflación monumental. Y tanto la pescadora griega como el concesionario de automóviles alemán habrían visto cómo sus ahorros se reducían a la nada.

Las cosas no siempre salen como uno desea. Las crisis de la deuda surgen de la nada y para salir de ellas se requieren programas de austeridad. Además provocan la bancarrota del Estado o una depreciación de la moneda.

Y hay una regla que vale también para Suiza: la situación puede dar un vuelco de un momento a otro.

Fuente: Swissinfo

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