Ayotzinapa: Buscar a los hijos hasta el último rincón del mundo

Realidades.- A seis años, los padres de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos han cruzado océanos y fronteras para exigir al gobierno mexicano que siga buscando a sus hijos y que no cierre el caso, porque para ellos sus hijos siguen vivos. Aquí la historia

Los padres de familias y alumnos de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa cruzaron, primero, el océano Atlántico para visitar Europa, primero en ginebra con la Organización de la Naciones Unidas y de ahí a los países miembros de la Unión Europea (UE) con la consigna de visibilizar la grave crisis de derechos humanos que se vivió en México durante el sexenio pasado. 

“Queremos justicia, queremos la verdad y vamos a exigir que nos devuelvan a nuestros hijos”, advirtió doña Hilda Legideño Vargas cuando partió a Europa para reunirse con el Comité de Naciones Unidas contra las Desapariciones Forzadas, de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Ginebra.

Antes de la noche entre el 26 y 27 de septiembre de 2014, lo más lejos que había viajado la señora Legideño Varga fue a Chilpancingo. Pero con la desaparición de su hijo Jorge Antonio Tizapa Legideño, salió de Tixtla y ha recorrido tierra y aire en busca de su hijo. 

Hace seis años dejó a sus tres hijos para ir tras las huellas de José Antonio, doña Hilda ha sorteado espinas, terracería, monte, cerros y de ahí casa por casa sin encontrar rastros de su hijo, en Iguala y Chilapa. 

Desde la desaparición de su hijo, se reunió en varias ocasiones con el ex procurador de la República, Jesús Murillo Karam; luego con el presidente Enrique Peña Nieto. En ese encuentro no encontró respuesta favorable. Lo más que escuchó del exfuncionario fue que éste ya estaba cansado. 

A pesar de la cerrazón del anterior gobierno, no detuvo la búsqueda de su hijo; sigue caminando, sigue gritando las mismas consignas de todos los padres de familias: “Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos”.

Cuando viajó a Ginebra tuvo que cerrar su casa en Tixtla, donde vendía cortinas de papel (adornos) que le ayudaba para el gasto familiar. La mañana del sábado 27 de septiembre se instaló en la Normal de Ayotzinapa para dedicarse de lleno a la búsqueda de su hijo con el grupo de padres.

En una reunión en el auditorio de usos múltiples de la Normal de Ayotzinapa, 15 días después de la desaparición de su hijo, los demás padres y madres de los estudiantes desaparecidos, eligieron a ella y a Don Bernabé para que ellos hablaran por los 43 en el octavo período de sesiones del Comité de Naciones Unidas contra las Desapariciones Forzadas, los días 2 y 3 de febrero de 2015 en Ginebra, Suiza.

Mientras documentaba su equipaje en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México Benito Juárez García, en los pasillos se escucharon gritos de apoyo de los viajeros que se solidarizaban con los papás de los 43: “¡No están solos! ¡No están solos! ¡Ayotzinapa Vive! ¡La lucha sigue!”.

Aprender otra lengua para buscar al hijo

Cuando Damián Arnulfo Marcos recibió el aviso sintió que las piernas le temblaban; apenas pudo caminar para llegar a la cocina donde Dominga preparaba el café para los visitantes. No le dio tiempo de llevar las jícaras de café a los informantes. Un nudo en la garganta le impidió hablar con su esposa.

Desde ese 28 de septiembre, Damián no ha podido dormir bien ni comer como antes. Lo único que espera es encontrar a su hijo Felipe, desaparecido por la policía de Iguala el 26 de septiembre 2014.

Horas antes de recibir la noticia, la familia Arnulfo Rosas tenían planes de ir a los elotes y preparar unos tamales y tortillas de elote, para celebrar el día de San Miguel Arcángel. Ese convivio nunca llegó.

En cuanto los emisarios se despidieron, Damián y Dominga revisaron sus ahorros: ni uno ni otro tenía lo suficiente. Dominga revisó entre sus morrales y encontró un billete de quinientos pesos que Felipe le había dejado cuando los visitó al Rancho Ocoapa, municipio de Ayutla, el 15 de agosto, más de un mes antes de la fatídica noche de Iguala.

Desde ese día Damián abandonó su parcela de maíz y frijol y se encaminó a Ayotzinapa. Sin conocer el lugar, viajó durante cuatro horas, acompañado de su esposa y una persona que le sirvió de guía e intérprete. Para comunicarse con los demás padres de los normalistas aprendió otro idioma. El español. 

Desde finales de septiembre de 2014, tío Damián camina entre el ocotal de la sierra de Ayutla de los Libres, para llegar a la escuela donde su hijo Felipe Arnulfo le dijo que estudiaba para maestro rural bilingüe. Ha visitado universidades del país y protestado frente a cuarteles militares. 

Lo primero que supo de boca de los emisarios fue que a su hijo lo detuvo la policía municipal el 26 y 27 de septiembre en Iguala, cuando realizaba actividades de colecta para costear el viaje a la marcha nacional del 2 de octubre, junto con 42 de sus compañeros.

¿Cómo te enteraste de la desaparición de Felipe? –pregunto a Damián.

Nos dijeron que estaba en la cárcel, pero cuando llegamos a Ayutla nos dieron otra razón: que la policía lo desapareció. De ahí conseguimos más dinero para pagar a una persona que nos acompañara, porque no conocemos el camino.

Agrega: “Cuando llegamos a la escuela vimos a muchos papás llorando; yo no sabía qué pasaba porque no hablo como ellos; hasta que una paisana me dijo que Felipe no aparecía y sus compañeros también estaban desaparecidos. Los demás lloraban porque nos sabían si sus hijos estaban detenidos o muertos”.

La desaparición de Felipe, llevó a Damián quedarse en la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa durante la búsqueda desde el 29 de septiembre. Regresó a Rancho Ocoapa seis meses después para no olvidar el canto de las aves y el olor de ocote. En 2018 fue comisario de su pueblo. 

Cuando Damián llegó a la Normal de Ayotzinapa era monolingüe, tenía dificultades para comunicarse en español. Sólo sabía lo necesario para no morir de hambre; cuando llora lo hace en silencio porque los demás no comprenden su dolor. Ahora aprendió a gritar a los cuatro vientos: Justicia, justicia. 

El hijo que no ha regresado

–Te oigo mal, apá. No te pongas así, pronto te voy a ir a ver –fue lo último que César Manuel González Hernández, El Panotla, le dijo a su papá, el viernes 26 de septiembre, tres horas antes de partir a Iguala para no volver jamás.

En esa plática telefónica, el normalista de Huamantla supo que su viejo tenía fiebre tifoidea. Eso le preocupó. El tono de voz de su papá no era el que acostumbraba escuchar; sin embargo, eso no impidió que acompañara a sus compañeros a las actividades de lucha que pelones (alumnos de nuevo ingreso) realizan cada año en la Normal de Ayotzinapa.

Enfermo aún, don Mario se trasladó de Huamantla, Tlaxcala, a la Normal de Ayotzinapa el sábado 27 de septiembre, y desde ese día ha recorrido el país en busca de su hijo. En ese andar, pisó universidades, hospitales, cárceles, cuarteles militares para preguntar por su hijo. 

Y durante su recorrido encontró desprecio del gobierno a su dolor, además de un rosario de represiones que les tocó vivir en carne propia. En esa lucha aprendió lo que nunca antes se imaginó. La violencia del Estado para imponerse ante la demanda de la presentación con vida de los 43 estudiantes normalistas. 

Despedido de su trabajo y con deudas, don Mario se propuso quedarse en la Normal de Ayotzinapa para acompañar a otros 42 padres de familias que sufren el mismo viacrucis: la burocracia y la indolencia del Estado.

No todo fue amargura para don Mario y su Esposa Hilda Hernández en ese trajinar; también encontraron cobijo en la voz del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), del Congreso Nacional Indígena (CNI), de los universitarios, normalistas, amas de casas, médicos, sacerdotes, monjas, maestros e intelectuales que salieron a la calle para acompañar en su dolor a los padres de los desaparecidos.

Después de la reunión en Los Pinos con el presidente Enrique Peña Nieto el 29 de octubre, don Mario César González reclamó la forma de cómo se realizó la reunión: “¿Cómo es posible que nos vayamos sin ninguna respuesta concreta?, ¿Qué otra vez firmemos lo que ya firmamos, que no le digamos que no hizo nada por nuestros hijos cuando los policías se los llevaron y que todavía nos venga a decir que no sabe dónde están?”, preguntó. Luego soltó: “¡Ya basta de tantas reuniones! ¡Ya nos cansamos de tanto engaño! No podemos permitir que después de un mes nos salgan con lo mismo”. 

Así han transcurrido seis años desde que El Panotla desapareció y don Mario no ha vuelto escuchar más la voz de su hijo, quien cambió de actitud desde que llegó a la Normal de Ayotzinapa, de donde salió el 26 de septiembre para no volver jamás.

Lo quiero vivo… 

“Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, grita don Emiliano Navarrete Victoriano en su recorrido por las calles de las principales ciudades del país desde el 2 de octubre de 2014. En su paso encontró eco y solidaridad de organizaciones sociales. 

Llegó a la Normal de Ayotzinapa el 26 de septiembre, horas después de que supo que su hijo estaba en Iguala, así empezó su caminar por las calles de Tixtla, Chilpancingo, Iguala, Acapulco, Ciudad de México… Ahí va, como con el alma en la boca, con la pregunta recurrente: dónde estará su hijo, con otros 42 desaparecidos de Ayotzinapa. 

En una plática con el reportero, don Emiliano dijo: “Es como una pesadilla para mí y mi esposa. Es una pesadilla que estamos viviendo y no nos podemos despertar de esto. Si estamos comiendo nos acordamos: estará comiendo, estará bebiendo, le darán agua”. Agregó: “Mi hijo fue raptado por unos uniformados que son policías municipales de Iguala”.

José Ángel Navarrete González era el más joven de los 43 desaparecidos, antes de que la policía de Iguala se lo llevaran tenía 17 años. Desde que desapareció su papá no ha parado ni un día en su búsqueda.

En su andar tras las huellas de su hijo, ha hablado ante cámara de televisión internacional y nacional; además, visitó en varias ocasiones los estudios de radio para hablar de su hijo y el desarrollo del movimiento por los 43 desaparecidos. 

Vive en Tixtla, pero se mudó a la Normal de Ayotzinapa para acompañar a los papás de los otros 42 desaparecidos. Aprendió a realizar actividades que su hijo hacía en Ayotzinapa cuando era pelón, antes de que fuera desaparecido en Iguala, acudió a universidades de los estados para concientizar a los universitarios para que se unan a su causa. 

A seis años que José Ángel Navarrete González fue raptado, como lo dice Emiliano, el gobierno de Enrique Peña Nieto se negó abrir los cuarteles militares para que los padres de familias pudieran buscar ahí a sus hijos. Mientras que en la actual administración espera el regreso de su hijo. 

Fuente: pie de página

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