Liberación de la Alemania nazi: lo que muchos padres y abuelos alemanes siguen callando

Realidades.- Muchos de los que vivieron la liberación de los campos de exterminio de la Alemania nazi, jamás hablaron de eso a sus descendientes. Felix Steiner, de DW, cuenta qué halló en una vieja maleta de su abuelo.

El 11 de abril de 1945 los campos de exterminio nazis de Buchenwald y Mittelbau-Dora, en Turingia, fueron liberados por tropas estadounidenses. Muchos de los que estuvieron allí jamás hablaron de eso. Estuve seguro durante décadas de que mi abuelo solo había tenido mucha suerte al sobrevivir la Segunda Guerra Mundial. Fue reclutado en el verano boreal de 1941, pero no fue enviado al sangriento frente oriental, sino a Grecia, con las tropas de ocupación. En el otoño de 1944 regresó sin haber participado en la batalla, y su unidad todavía se encontraba en Dresde, pocos días antes de que esa ciudad fuera destruida por completo por las fuerzas aliadas. En la primavera de 1945, mi abuelo era un prisionero de guerra de EE. UU.

Pero ser prisionero de guerra fue lo mejor que le podía haber pasado, ya que, poco antes del intercambio de territorios, el 1º de julio de 1945, los estadounidenses proveyeron a sus prisioneros de documentos que certificaban su liberación. Y aconsejaron, en especial a los hombres del sur y del oeste de Alemania, desaparecer cuanto antes de la zona de ocupación soviética. De otro modo, se verían amenazados por largas temporadas de cárcel en Rusia, y eso despertaba el horror de todos los soldados. Así terminó el servicio de casi cuatro años de mi abuelo en la guerra, con una marcha a pie que duró tres semanas, desde Turingia hacia la Selva Negra. A mediados de julio de 1945 ya estaba de vuelta con su familia, sin haber sido herido ni una sola vez.

Secretos en una vieja maleta de cuero

Desde hace más de tres años, esta historia familiar ha recuperado un capítulo más. Luego de la muerte de mi tía-madrina, la hija menor de mi abuelo, mi tío me entregó una antigua valija de cuero. “Está aquí desde hace 30 años. Ella siempre quiso saber qué había ahí adentro”, me confesó. Entre viejos contratos y otros documentos también estaba la libreta militar de la Segunda Guerra de mi abuelo, Willi Merkel, así como su certificado de liberación del 21 de junio de 1945: “Este certificado autoriza a Willi Merkel a viajar por cualquier medio posible desde Nordhausen hasta Rastatt, con el propósito de regresar a casa”. La firma es de Raymond L. Gordon, Gobierno Militar H2 B9. Es decir que Nordhausen, en el extremo sur de la región del Harz, fue el último lugar de la misión de la brigada 688 del Ejército del Tercer Reich. Una ciudad que fue tomada sin resistencia alguna por las tropas de EE. UU., pero que quedó completamente destruida. Ocho mil personas murieron una semana antes del 21 de junio de 1945 debido a las bombas británicas. Y en su camino, los exprisioneros también deben haberse topado con otro de los lugares del horror nazi: el campo de concentración y exterminio de Mittelbau-Dora, a pocos kilómetros de la ciudad de Nordhausen. Mittelbau-Dora fue el último campo de exterminio que construyeron los nazis en suelo alemán, apenas dos años antes, y constaba de una inmensa instalación subterránea en la que se estaban montando las llamadas “armas de venganza”, es decir, la bomba aérea V1 y el misil V2. Ya en 1943 habían muerto en circunstancias espantosas miles de personas prisioneras en ese centro de exterminio al fabricarlas. Pero también en la primavera de 1945, la situación era terrible en el “Campo Dora”, como lo llamaban los nazis.

Cédula de identidad de la Wehrmacht de Willi Merkel.

Ocultamiento, negación, vergüenza

Los veteranos de guerra estadounidenses describían al Mittelbau-Dora como el peor lugar que vieron en su estadía en Alemania, mucho más cruento que el campo de concentración nazi de Buchenwald, a 70 kilómetros de distancia, que fue liberado también ese 11 de abril de 1945. Junto a los cerca de 2.000 cadáveres en estado de putrefacción, encontraron a 1.200 sobrevivientes que estaban ya más muertos que vivos. Los prisioneros que gozaban de mejor salud ya habían sido enviados por las SS en marzo a las llamadas “marchas de la muerte” en dirección a los campos de exterminio de Bergen-Belsen, Sachsenhausen y Bahía de Lübeck.

Los estadounidenses reaccionaron con medidas estrictas: los ciudadanos de Nordhausen fueron llevados a través de los campos de exterminio, lo que fue un ejemplo para otras acciones de ese tipo en los demás campos en otras ciudades en las semanas siguientes. Se sepultó con honores a las personas asesinadas en esos campos de exterminio. Pero, sobre todo, se reunió al personal sanitario entre los soldados alemanes prisioneros en el Mittelbau-Dora, a fin de que cuidaran a alrededor de 1.300 exprisioneros de los centros de exterminio nazis. Mi abuelo había recibido una formacion como “Ayudante en el transporte de enfermos” en 1944, y era uno de esos soldados, como lo prueba un documento escrito en inglés y alemán que hallé en la valija, certificado por el Dr. W. A. Ousdhoorn, “ex prisionero político del campo de concentración Dora, médico jefe del hospital militar”, el 12 de junio de 1945. Y en la parte de atrás del documento figura: “El cabo primero Willi Merkel pertenece desde el 15.04.1945 al personal sanitario del Hospital del Campo de Dora”. Firma: Prof. Dr. von Hasselbach.

Ese documento hallado en un antiguo maletín ocupa mis pensamientos desde hace tres años. Seguramente no fue solo la suerte la que permitió que mi abuelo sobreviviera en la Segunda Guerra, ya que tanto Nordhausen como el campo de concentración de Mittelbau-Dora nunca fueron mencionados en sus relatos. Sus hijas y nietos, al menos, nunca supieron nada al respecto. ¿Por qué? ¿Acaso reprimió los escabrosos recuerdos de los días del final de la guerra? ¿O simplemente se avergonzaba de los crímenes cometidos por los nazis, de los cuales fue testigo? ¿O tal vez porque, como no pudo realizar su carrera debido a la profunda crisis económica, había votado a Hitler? No lo sé. Solo estoy seguro de que mi abuelo no es un caso único. Que muchos de su generación nunca más hablaron de lo que vieron, vivieron y, sobre todo, hicieron. No quisieron o no pudieron hablar de eso. Y por eso, nosotros, la siguiente generación, solo conocemos los hechos de los libros de historia, sucesos que tocaron mucho más de cerca a nuestras familias de lo que hoy creemos saber e intuir.

Fuente: DW

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