- Crecimiento sin desarrollo
- Especulación inmobiliaria
- Alto impacto ambiental
La pregunta que nadie quiere responder ¿Habrá equilibrio costo/beneficio?
Por Salvador Trujillo Rodríguez
Una inversión de gran escala promete detonar el sur de Quintana Roo, atraer millones de visitantes y colocar a la región en el mapa global del turismo. En el papel, suena a progreso. En la narrativa oficial, es desarrollo. Pero en el territorio, la pregunta es otra: ¿quién gana realmente y qué se pierde en el camino?
No estamos frente a un proyecto cualquiera. Estamos frente a un modelo. Uno que no solo construye infraestructura, sino que redefine la relación entre economía, comunidad y naturaleza.
Porque el turismo no es neutro. Puede ser motor de bienestar… o mecanismo de extracción.
El primer punto que no puede ignorarse es el territorio.
Los manglares, el acuífero kárstico y el sistema arrecifal no son obstáculos para el desarrollo. Son su base. Son la razón por la cual Mahahual existe como destino.
Ahí está una lección que la historia ya dejó escrita.
Cuando el huracán Dean impactó esta región en 2007, no lo hizo de manera uniforme. Entró por una zona de debilidad en el arrecife, una fractura natural que redujo la protección costera. Donde el arrecife estaba comprometido, el impacto fue mayor. Donde estaba sano, funcionó como barrera.
El arrecife no es paisaje. Es infraestructura natural.
Y esa infraestructura no se reconstruye con inversión, se destruye con decisiones.
El segundo punto es la economía.
Se habla de inversión millonaria. De empleos. De crecimiento.
Pero hay una diferencia fundamental que pocas veces se discute: crecimiento no es lo mismo que desarrollo.
El turismo de enclave —aquel donde el visitante llega, consume y se va sin integrarse al territorio— tiende a concentrar la riqueza. El dinero circula dentro del sistema que lo captura, no en la comunidad que lo recibe.
Entonces la pregunta es inevitable:
¿Cuánto de esa riqueza se quedará realmente en Mahahual?
Porque una economía local fuerte no se mide por cuántos turistas llegan, sino por cuánto valor permanece.
El tercer punto es la decisión pública.
El desarrollo no puede construirse de espaldas a la comunidad.
No es solo un tema ambiental o económico. Es un tema de gobernanza.
¿Quién define el uso del territorio?
¿Quién asume los costos cuando el ecosistema se degrada?
¿Quién se beneficia cuando el valor del suelo se dispara?
Sin participación real, el desarrollo deja de ser una oportunidad compartida y se convierte en una imposición.
Y finalmente, el futuro.
Mahahual no solo está decidiendo si recibe una inversión. Está decidiendo qué tipo de destino quiere ser.
Un territorio integrado, con identidad propia y economía distribuida.
O un espacio funcional a un modelo donde la riqueza se concentra y los impactos se socializan.
No se trata de estar en contra del desarrollo.
Se trata de entender que no todo crecimiento es desarrollo.
El verdadero desarrollo es aquel que genera riqueza sin destruir su base natural y sin excluir a su comunidad.
Porque al final, el turismo depende de lo que encuentra…
pero también de lo que deja.
Y la pregunta que quedará, más allá de cualquier discurso, es simple:
¿Mahahual se está desarrollando… o está siendo transformado para beneficio de otros?

