Mientras el discurso oficial en los niveles más altos del Gobierno Federal y Estatal se regocija en consignas como “llegamos todas” o en la promoción de reformas como la jornada laboral de 40 horas, la realidad en las calles de Quintana Roo cuenta una historia radicalmente distinta. En la capital del estado, la modernidad legislativa choca frontalmente contra el carrito de madera de una paletera que, a sus años, sigue siendo el motor de su propia supervivencia.
La Jornada que no Conoce Reformas
Para la mujer chetumaleña que recorre las avenidas bajo el sol inclemente o la llovizna persistente, el domingo no es un día de asueto, sino el inicio de una «jornada sudorosa» para conseguir los pesos necesarios para el sustento diario. Mientras en la Ciudad de México se debaten leyes de escritorio, en las cercanías del Mercado Viejo, el banquito de plástico que ella carga es su única «prestación laboral» y su único refugio contra el cansancio.
El contraste es violento: un estado que presume ser la joya del turismo, con hoteles de ultra lujo, yates y mansiones que pertenecen a una casta de «nuevos ricos» y servidores públicos con salarios de privilegio, frente a una mujer que enaltece la dignidad ganando centavos paleta tras paleta.
La «Fauna Política» y el Espejismo de la Justicia Social
La brecha entre la sociedad y sus gobernantes se ha convertido en un abismo moral. Mientras figuras políticas como la Gobernadora Mara Lezama o legisladores como Eugenio Segura y Renán Sánchez Tajonar se enfocan en agendas de sucesión y posicionamiento de imagen, la verdadera base del «pueblo bueno» sobrevive en el desamparo.
«Nuestra fauna política dormita y disfruta los beneficios de pastorear al ‘pueblo bueno'», señala el cronista Javier Chávez Ataxca. «Que se chinguen los jodidos», parecería ser el lema implícito desde las confortables recámaras del poder.
Dignidad en Tiempos de Crisis
A pesar de la precariedad y de la amenaza latente de una criminalidad que ya permea todos los estratos del estado —como lo ha denunciado el periodista Roberto Trujillo—, esta trabajadora representa una resistencia silenciosa. Su negativa a la vía fácil y su persistencia en el oficio informal no son objeto de compasión, sino de una admiración amarga: es la prueba viviente de que el sistema les ha fallado a quienes más trabajan.
La «alegría de arrugada niña» con la que ofrece sus paletas es, quizás, el acto de rebeldía más grande frente a una autoridad que gasta millones en comunicación social, pero que es incapaz de garantizar una vejez digna para sus ciudadanos.
Quintana Roo: La Realidad que el Lujo no Tapa
Este escenario obliga a una reflexión necesaria: ¿De qué sirven las leyes de vanguardia si el estado se desangra entre la impunidad y la desigualdad? La opulencia de las camionetas blindadas y los hoteles de gran turismo no alcanzan a tapar la imagen de una mujer de la tercera edad empujando su carrito «en chinga» por las calles de Chetumal.
Al final del día, cuando el sol se oculta sobre la bahía, la brecha sigue ahí: los políticos pensando en su siguiente cargo y la paletera pensando en el cambio que quedará en su morena mano para poder comer mañana.
POR. A.G. INFORAMCIÓN. Javier chavez.

