Tulum se ha convertido en una distopía de lujo. Los sintetizadores de los mejores DJs del mundo marcan el ritmo de la «temporada alta» se combinan con el sonido de las ráfagas de 9mm y la permisividad de las autoridades por avalar la organización de conciertos masivos en lugares carentes de infraestructura de drenaje público, situación que compromete el acuífero maya.
Lo jornada violenta del pasado viernes 09 de enero de 2026 donde se reportaron tres asesinatos en diferentes puntos del destino turístico, no fue un incidente aislado; es el resultado de un modelo turístico irresponsable y a la deriva que, bajo el amparo de la omisión institucional, ha entregado la selva al ecocidio y a un turismo vinculado al consumo de drogas.

Viernes Negro: Ejecuciones al Ritmo de Solomun
La jornada del 9 de enero de 2026 quedará marcada como uno de los capítulos más oscuros en la historia reciente del municipio. La violencia, intrínsecamente ligada al mercado de consumo que generan los festivales de música electrónica, estalló en tres puntos distintos, evidenciando que en Tulum la seguridad está en una situación comprometida ante los ojos del mundo.
- Cenote Vesica: A plena luz del día (14:04 horas), dos sujetos en motocicleta irrumpieron en este recinto ubicado en la carretera Chetumal-Cancún. Sin importar la presencia de turistas, abrieron fuego. El saldo: tres heridos, entre ellos Jonathan Emmanuel M., un ciudadano argentino de 37 años que murió horas después, convirtiéndose en otra cifra de la violencia transnacional que azota la zona.
- Club Themplo: Mientras cientos de personas se congregaban para presenciar el set del afamado DJ Solomun, la impunidad se hizo presente. Un hombre fue ejecutado frente a la multitud aterrada. El video del evento se volvió viral, no por la música, sino por el contraste macabro entre las luces estroboscópicas y el cuerpo inerte de un hombre asesinado a sangre fría.
Estas ejecuciones no son aleatorias; son la disputa violenta por la «plaza» de un mercado de consumo masivo que el Estado ha decidido ignorar pero permitir.

Ecocidio Permitido: Fiesta sobre el Acuífero
La tragedia de Tulum no solo es humana; es ambiental. Festivales masivos como el realizado en Casa Tortuga o eventos en cenotes como Vesica operan bajo una infraestructura insuficiente.
- Sin Drenaje: Miles de asistentes generan toneladas de residuos y aguas negras en zonas que carecen de conexión a la red de alcantarillado.
- Suelo Poroso: Al tratarse de un suelo kárstico, los desechos de la fiesta —desde plásticos hasta fluidos corporales y químicos— se filtran directamente al sistema de cuevas y cenotes, contaminando el agua que sostiene la vida en la región.
- Permisividad Institucional: ¿Cómo se otorgan permisos para eventos de 120,000 personas en sitios sin los requerimientos mínimos de sustentabilidad? La respuesta apunta a una corrupción estructural donde el beneficio económico inmediato de unos cuantos empresarios pesa más que la supervivencia del ecosistema.
El «Turismo de Drogas» y la Necesidad de la Legalización
Es hora de dejar de lado la hipocresía institucional. El atractivo principal de la escena electrónica en Tulum para un sector del turismo internacional es el acceso irrestricto a sustancias. Esta demanda crea un mercado negro tan lucrativo que los carteles están dispuestos a convertir un club de playa en un campo de batalla.
La estrategia de seguridad actual ha fracasado. Mientras el mercado de las drogas permanezca en la clandestinidad, el control de la venta seguirá en manos de grupos criminales que resuelven sus disputas con plomo.
Análisis Crítico: La única solución de fondo para detener la violencia en Tulum es la legalización y regulación del mercado de drogas. Sacar la venta de las sombras permitiría al Estado controlar la calidad, gravar el consumo para financiar infraestructura de drenaje y, lo más importante, arrebatarle el monopolio de la violencia a los grupos delictivos.

Conclusión: Un Paraíso en Cuidados Intensivos
Tulum no puede seguir siendo un enclave de impunidad donde se permite destruir la selva y asesinar a plena luz del día con tal de no detener la música. El diagnóstico está hecho y la realidad ha sido ignorada por las instituciones hasta el cansancio.
Si no se transita hacia un modelo de sustentabilidad real (infraestructura de drenaje obligatoria) y una política de drogas progresista que elimine el incentivo de la violencia, el destino terminará por devorarse a sí mismo. Los casquillos recolectados en el concierto de Solomun son el último aviso: el paraíso se está quedando sin tiempo.

